Sobre el borde de la vida
O cómo vivir cuando ya es demasiado tarde: Ikiru de Akira Kurosawa
Cuando Japón fue derrotado en la Segunda Guerra Mundial, el director de cine Akira Kurosawa percibió un cambio contundente: durante años, el sentido de la vida había sido el Estado. La rendición reveló que esa promesa era una mentira. Sobrevino entonces un tiempo de profunda incertidumbre espiritual.
Cuando la nación ya no ofrece sentido, la vida se vuelve una tarea individual. Frente a este panorama, Kurosawa produjo una serie de películas en las que los objetivos de sus protagonistas ya no están atados a la nación, sino que se orientan hacia una dimensión más individual que, en muchos casos, debe ser descubierta por ellos mismos. En ese desplazamiento, el director da forma a otro ideal de fuerza: no una fuerza ligada a la potencia física, sino a una potencia espiritual. Su filme de 1952, Ikiru (Vivir), es la respuesta más radical de Kurosawa a esa crisis.
Inspirada libremente en La muerte de Iván Ilich de León Tolstói, la película narra la vida de Kanji Watanabe, un funcionario del Ayuntamiento de Tokio. Un día falta al trabajo debido a una molestia persistente en el estómago y, mientras espera ser atendido por el médico, comprende que padece un estadio avanzado de cáncer. A veces, al estar en la boca de la muerte, inauguramos nuestra vida: Watanabe inicia un recorrido por la reconquista del sentido de su vida, una búsqueda personal que lo distancia de la existencia rutinaria que había llevado hasta entonces.
Ikiru condensa los temas que preocupaban profundamente a Kurosawa: el espíritu humano y su complejidad, el sentido de la vida, la generación de posguerra, la burocracia y el distanciamiento respecto de los dictámenes de la nación. A través de un amplio repertorio de recursos cinematográficos —planos fijos, travellings cuidadosamente compuestos, entre otros—, Kurosawa aborda el problema de cómo vivir. Solo una vida con sentido puede reconciliarse con su final.
La película se abre con el derrotero de un grupo de amas de casa que intenta modificar una parte del vecindario en el que vive: proponen construir un parque para niños en una zona de aguas insalubres. La secuencia nos sitúa en su perspectiva y acompaña su recorrido por los intrincados pasillos y oficinas del Ayuntamiento de Tokio, de dependencia en dependencia, en busca de una respuesta.
La burocracia aquí no aparece para denunciar su mal funcionamiento sino para mostrar lo que es: un intrincado sistema que produce falta de responsabilidad y vacío.
Esta escena inicial, atravesada por un tono satírico, expone la crítica mordaz de Kurosawa al sistema burocrático y anticipa una de las rebeliones fundamentales de Kanji Watanabe. Su verdadera rebelión no es contra la burocracia en sí misma, sino contra el vacío que se apodera de su vida cuando el trabajo se realiza por inercia, despojado de todo sentido.
Más adelante nos enteramos de que Watanabe se encuentra en una consulta médica debido a un dolor estomacal que lo aqueja desde hace tiempo. En la sala de espera, otro paciente comenta el caso de un cáncer de estómago cuyos síntomas coinciden inquietantemente con los suyos. La sospecha comienza a dibujarse en el rostro de Watanabe, que aparta la mirada de su interlocutor para reservarse el peso de esa intuición.
Cuando sale de la consulta, ya conoce su destino. El personal de salud no se lo ha dicho explícitamente, pero sus gestos, e incluso la rigidez de su postura, revelan la verdad que nadie se anima a pronunciar.
Watanabe busca consuelo en su hijo, pero este, absorbido por sus propias ambiciones, se muestra inaccesible. Es aquí donde emerge otro de los temas secundarios de Ikiru, que será también una de las grandes tragedias del personaje: la distancia infranqueable entre él y su hijo, entre dos generaciones que permanecen desconectadas. Watanabe se repliega en su dolor al recordar antiguos momentos compartidos con su hijo Mitsuo, cuando el vínculo entre ambos era tan real y profundo como silencioso. La secuencia de flashbacks compone así una suerte de oda a los lazos de amor y confianza humanos, y al dolor que deja su desaparición.
Este intento frustrado del padre por compartir su angustia con el hijo pone en evidencia, además, el colapso de la autoridad paterna y de las formas tradicionales de la familia en la posguerra. La derrota en el plano histórico repercute en el terreno íntimo. Al mismo tiempo, señala el impulso de la nueva generación por lanzarse cuanto antes a un mundo moderno, impulso que se manifiesta en el deseo de Mitsuo de construirse una casa moderna con el dinero del retiro de su padre.
Kurosawa no pretende, sin embargo, convertir Ikiru en una película nostálgica que lamente la pérdida de unos lazos filiales idealizados. Antes bien, utiliza esa ruptura como motor del recorrido del protagonista: esa soledad es condición de cambio. Watanabe debe encontrar su propia fuerza espiritual.
La película empieza de verdad cuando Watanabe deja de buscar consuelo y empieza a buscar sentido, en esos tanteos del protagonista por devolverle a la vida algún sabor ahora que la muerte lo acorrala. Salir de juerga, desaparecer sin avisar a dónde va ni a qué hora volverá, beber, cantar, asistir a cabarets, rodearse de personas que buscan en la fiesta una razón para seguir viviendo. Busca en esa intensidad un sentido que todavía no encuentra.
Si el protagonista no puede apoyarse en la confianza filial porque Mitsuo habita su propio mundo, Ikiru propone no quedar encerrado en la melancolía, sino abrazar el destino que a cada uno le toca en suerte. En la secuencia de flashbacks dedicada a su hijo, Watanabe deja, de algún modo, una despedida.
En la carrera contra el reloj que atraviesa al protagonista, Ikiru equipara la lucha contra la enfermedad con el proceso de búsqueda de sentido de la vida.
Esta equivalencia estructura la primera mitad de la película a través de los temas que desarrolla: en primer lugar, la ruptura del sostén familiar; en segundo, el desahogo en el frenesí de la noche.
La secuencia en la que Watanabe sale a beber con un joven novelista al que conoce circunstancialmente funciona como otro pequeño elogio al tiempo que le tocó vivir a Kurosawa: el hedonismo frenético de la generación de posguerra. Watanabe desea, como tantos japoneses de su época, distraerse de su dolor.
Pero, lejos de lo que cabría suponer, Kurosawa no juzga con su cámara. Al contrario, lo comprende.
En esa búsqueda incesante de placer retrata una dimensión fundamental de la vitalidad de su tiempo. En los cabarets y bares, Watanabe da rienda suelta a las restricciones que marcaron toda su vida. En la fiesta, aparece un consuelo provisorio.
En este sentido, la cámara de Kurosawa capta casi con ternura el frenesí que atraviesa a su protagonista, en una secuencia que incorpora además una pieza musical trabajada mediante una cuidadosa modulación de imágenes.
El verdadero volantazo ocurre, sin embargo, cuando Watanabe se encuentra con una joven que desea renunciar a su trabajo en el Ayuntamiento, en busca de una ocupación que le otorgue mayor satisfacción. En ese encuentro, Watanabe descubre que su sentido de vivir está puesto en algo que lo llene, será el trabajo por otros.
El fracaso de los lazos filiales no implica el fracaso de todo vínculo humano: aún queda la afiliación. Entre las personas a las que ayuda mediante su trabajo, Watanabe encuentra un nuevo núcleo humano que otorga sentido a sus días.
Aunque Kurosawa no cae en el moralismo, sí adopta en cierto punto un tono didáctico: muestra que quienes se entregan a los demás son capaces de alcanzar su final en conformidad con la vida vivida, sin arrepentimientos ni cuentas pendientes.
La reconversión de Watanabe se narra a través de los recuerdos de otros burócratas que, en un primer momento, se habían mostrado indiferentes a su obra. A medida que esos recuerdos se despliegan en una serie de flashbacks, esos mismos hombres comienzan a reconocer una vida capaz de inspirarlos. La cámara de Kurosawa capta y expone ese proceso de conversión, registrando la transformación de los gestos faciales y corporales: de la indiferencia al respeto sincero y la admiración.
En este sentido, la maestría cinematográfica de Kurosawa reside, en parte, en ese trabajo con texturas gestuales mínimas: un abanico entero de sentimientos captado en los detalles. La fuerza espiritual que mueve a Watanabe no nos deja intactos. Ikiru también es capaz de producir conmoción en el espectador:
¿Cómo estamos viviendo nuestra vida? ¿Qué sentido nos moviliza? ¿Qué estamos esperando para salir a buscarlo?
En esa pericia cinematográfica, Kurosawa se juega su nombre: el de ser un director capaz de hacer vibrar el corazón.
Esto ha sido Sala Anexa: textos sobre cine en Siempre Llego Tarde a Todo.
Nos vemos la próxima.










Hermoso e inspirador
Hay una placita medio abandonada cerca de mi casa